A 435 años de la fundación de nuestra ciudad, el discurso del gobernador Ricardo Quintela dejó algo más que un mensaje protocolar. Dejó una definición política, una manera de entender el Estado y una advertencia sobre el tiempo que atraviesa la Argentina. Porque detrás de cada frase hubo una idea central: no se puede gobernar mirando solamente una planilla de Excel mientras el pueblo se hunde en la angustia cotidiana.
La Rioja vive uno de los momentos financieros más complejos de las últimas décadas. La asfixia económica que hoy golpea a la provincia tiene responsables concretos. Por un lado, la caída abrupta de los recursos coparticipables producto de la recesión nacional y de un modelo económico que paralizó el consumo, la industria y la obra pública. Pero además, existe una deuda histórica que sigue sin resolverse: el punto de coparticipación quitado injustamente a La Rioja en la década del ‘80 y los fondos extra coparticipables que nunca fueron reparados por el Estado nacional.
No se trata de un reclamo caprichoso ni partidario. Es un reclamo federal. Porque mientras desde Buenos Aires se habla de equilibrio fiscal, en las provincias se cierran comercios, se frenan obras, se destruyen puestos de trabajo y miles de familias hacen malabares para llegar a fin de mes. El ajuste no es una teoría económica: tiene rostro humano.
Y en ese contexto cobra valor la decisión política que expresó el gobernador. Suspender un desfile para destinar esos recursos a los barrios puede parecer un gesto pequeño frente a la magnitud de la crisis. Pero simbólicamente dice mucho. Dice que hay otra escala de prioridades. Dice que primero está la necesidad concreta de la gente. Dice que el Estado no puede retirarse cuando más lo necesita el pueblo.
Ahí aparece el contraste profundo con el gobierno nacional de Javier Milei. Porque mientras en La Rioja se habla de solidaridad, presencia estatal y justicia social, desde la Casa Rosada se impone una lógica donde lo único importante es que “cierren los números”, aun cuando esos números cierren sobre el hambre de millones de argentinos. Una lógica donde la renta financiera vale más que la renta social. Donde el mercado parece tener más derechos que los jubilados, los trabajadores o las personas con discapacidad.
El discurso de Quintela recupera una idea histórica del peronismo y del federalismo profundo: el Estado no está para abandonar, sino para equilibrar desigualdades. Un Estado presente no significa despilfarro; significa garantizar educación, salud, seguridad y dignidad. Significa entender que hay sectores vulnerables que “gritan en silencio”, como dijo el gobernador, esperando que alguien los mire y los escuche.
La Argentina tiene recursos, tiene producción, tiene capacidad humana y riqueza natural. El problema nunca fue la falta de posibilidades. El problema es para quién se gobierna. Y hoy el debate de fondo es ese: si el país se organiza para beneficiar a un pequeño grupo financiero o para garantizar que cada familia pueda sentarse a comer dignamente.
En medio de una crisis feroz, La Rioja intenta sostener una identidad política basada en la cercanía con la gente, en la presencia territorial y en la idea de comunidad organizada. Puede haber errores, limitaciones y enormes dificultades económicas. Pero hay una diferencia conceptual clara: mientras algunos creen que el Estado debe desaparecer, otros creen que sin Estado desaparecen los más débiles.
Y quizás ahí esté la verdadera discusión de la Argentina que viene. No solamente cómo ordenar la economía, sino para qué y para quién se ordena.

