Una vez más la provincia de La Rioja, en Argentina, enfrenta la cruda realidad de la siniestralidad vial, una lacra silenciosa que no sólo cobra vidas, sino que destruye sueños, aniquila familias y deja heridas profundas en nuestro colectivo social. El último siniestro vial en la Avenida Circunvalación de Chilecito, donde una joven de 28 años resultó con heridas de gravedad tras conducir bajo los efectos del alcohol —0,92 G/L según el test— y sin casco, junto a un menor como acompañante, forma parte de un patrón que se repite con alarmante frecuencia. Ignorar esta problemática es traicionar el valor más fundamental: el derecho a la vida.
En Argentina, los datos oficiales de la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) muestran que en 2023 murieron 4.369 personas en siniestros viales, lo que equivale a un promedio de 12 muertes diarias en todo el país. Aunque representa una ligera reducción del 4 % respecto a 2022, la cifra sigue siendo altísima y evidencia la persistencia de un problema estructural.
A nivel nacional, los jóvenes entre 15 y 34 años representan uno de los grupos más vulnerables frente a los accidentes de tránsito, y la conducción bajo alcohol o drogas sigue siendo una de las principales causas de siniestros graves.
En nuestra provincia, las cifras también son preocupantes. Según informes oficiales, La Rioja registró 12 fallecidos y 73 heridos graves en siniestros viales durante 2022. En 2023 la cifra de muertes en vías interurbanas alcanzó 11 personas, con 44 heridos graves. Aunque estas cifras parecen menores que las nacionales, representan tragedias humanas irreparables en una comunidad relativamente pequeña, y reflejan la necesidad de mejorar políticas locales de prevención y control.
Pese a la adhesión a la política de tolerancia cero al alcohol al volante en La Rioja, los indicadores no han mostrado una reducción significativa de siniestros fatales, y la provincia figura entre las que más aumentaron la siniestralidad fatal en 2023 según informes del Gobierno nacional. Este dato desnuda un hecho: la ley por sí sola no es suficiente si no va acompañada de una política integral de educación, prevención y control sostenida en el tiempo.
La gravedad del problema exige reflexionar sobre la responsabilidad individual, especialmente de los jóvenes. El desapego por la propia vida y la de los demás —manipulado por conductas de riesgo como el consumo de alcohol y conducción, excesos de velocidad, uso inadecuado de cascos o cinturones, y distracciones como el celular— no sólo demuestra imprudencia, sino una falta de valoración de la vida misma. Cada accidente no es solo una estadística, sino una familia rota, un proyecto truncado, un vacío irremplazable.
Esta realidad, sumada al hecho de que el Gobierno nacional eliminó el contenido de seguridad vial de la educación primaria y secundaria, nos obliga a preguntar: ¿cómo podemos esperar una cultura vial responsable si no se empieza a formar desde los primeros años de vida? La provincia de La Rioja tiene la oportunidad de actuar con decisión: incorporar de forma obligatoria la educación vial en todas las escuelas y, aún más, ofrecer la formación y habilitación para conducir automóviles y motocicletas como parte de la finalización de la secundaria. No es una idea utópica, sino una inversión en vidas.
Además, es urgente modernizar y hacer más eficiente el proceso de otorgamiento de licencias de conducir, que hoy día es obsoleto y burocrático, y que en muchos casos no garantiza que los conductores realmente comprendan las normas y riesgos viales.
Por último, la prevención debe ir acompañada de control constante. Los controles fugaces en espacios y horarios específicos, aunque necesarios, no son suficientes. La instalación de sistemas de videovigilancia, controles automáticos de velocidad y alcohol en sangre, junto a campañas educativas continuas, pueden marcar una diferencia sustancial en la reducción de siniestros fatales y graves.
Las vidas que se pierden en nuestras rutas son demasiado valiosas para convertirlas en meras cifras. El desafío es grande, pero no imposible. Requiere voluntad política, compromiso comunitario, educación desde las aulas y responsabilidad en cada volante. Porque cada muerte evitable es una derrota para toda la sociedad.
