Europa vive semanas de protesta y la Argentina también. Pero conviene mirar bien qué es lo que arde, porque la explicación fácil no alcanza.
Se dice que las calles de Italia, Francia, España y la Argentina se levantan contra la ultraderecha. Es verdad en parte: en Roma gobierna Giorgia Meloni y en Buenos Aires, Javier Milei. Pero en Francia el gobierno que enfrenta la calle es el de Emmanuel Macron, un centrista. El hilo común no es una etiqueta ideológica. Es el bolsillo.
En Francia empezó con estudiantes secundarios de las afueras de París que denunciaban falta de profesores y escuelas deterioradas. Después se sumaron sindicatos, agricultores, transportistas y los chalecos amarillos. El sábado 17 de octubre salieron más de medio millón de personas, en un país donde la energía subió más de 21% en un año. Y todo ocurre mientras el gobierno busca bajar el déficit del 5,4% al 5% del producto. Las cuentas se ordenan en una planilla, pero se desordenan en la mesa de una familia.
En España, el reclamo es la vivienda. El año pasado el 27% de los inquilinos pagaba más del 40% de sus ingresos en alquiler. Detrás de ese número hay jóvenes que no se pueden ir de la casa de sus padres y familias que viven con el miedo al desalojo.
En Italia, las imágenes de Milán, con hidrantes contra estudiantes, hablan de empleo escaso, servicios deteriorados y salarios que pierden contra los precios.
Y acá, el jueves pasado, la policía disparó balas de goma contra manifestantes en Buenos Aires durante una nueva marcha por el financiamiento universitario, la quinta. Ahí también hay un estudiante que no llega a fin de mes, un docente que no cobra lo suficiente, una familia que perdió ayudas que sostenían un tratamiento.
Ahora bien: ¿quién paga? Siempre la misma fila. El que depende de la escuela pública, del hospital, del transporte, del alquiler, de la beca, de la jubilación. Quien tiene un colchón amortigua el golpe. Quien no lo tiene, lo recibe entero. Por eso un ajuste nunca es neutro: decide quién cede primero y quién queda a salvo.
Sobre la violencia, hay que ser claros. Los destrozos y los incendios no son una forma de resolver nada, y suelen golpear a los comercios y a los trabajadores de cada barrio. Pero la represión desmedida tampoco es un detalle: cuando solo se mira el humo, se pierde de vista por qué salió la gente.
La paciencia de los pueblos es larga, pero no infinita. Los gobiernos pueden discutir cuánto déficit tolerar. La pregunta de fondo es otra: cuando no alcanza para todo, ¿qué se protege primero? Si la respuesta es siempre “lo mismo de siempre”, la calle va a seguir llena. Y siendo así el estallido se ve más cerca.



