martes, agosto 4, 2026
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EDITORIAL: LA ARGENTINA DE LOS DE ABAJO

Hoy los docentes paran. Y no es un dato menor: cobran el salario más bajo de los últimos veinte años, según un informe del Cippec. Un maestro con diez años de antigüedad gana, en promedio, poco más de un millón doscientos mil pesos brutos. En La Rioja, apenas un millón treinta y nueve mil. Menos que en 2005, cuando se sancionó la Ley de Financiamiento Educativo para intentar recomponer justamente ese salario. Veinte años de historia y estamos peor que en el punto de partida.

Este dato docente es apenas una fotografía de algo más grande: una pirámide social que se rompió. Según un informe reciente de la Fundación Pensar —el think tank que armó Mauricio Macri—, la mitad de los argentinos hoy son clase baja. La otra mitad se reparte entre una clase media que se cae, una clase media alta que finge sostener un consumo que ya no puede pagar, y apenas un 6% que gana, viaja, cambia el auto y no pierde nunca.

Y acá quiero pararme un momento, porque esto no cayó del cielo. Durante años se construyó, desde ciertos sectores de poder, un relato del odio hacia los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Se los acusó de todo, y en el medio se invisibilizó algo: fueron los años en que esa misma clase media que hoy se derrumba, se armó. Se construyeron changas en empleo formal, jubilaciones, universidades, primeras casas. El resentimiento hacia esos gobiernos, alimentado durante más de una década por buena parte de los grandes medios, terminó siendo funcional a un proyecto que hoy tiene resultado a la vista: la mitad del país afuera.

Después vino la pandemia. Y ahí pasó algo que todavía no terminamos de procesar: nos encerró puertas adentro, nos armó el hábito del individualismo. Cada uno resolviendo su changa, su supervivencia, su pantalla. La sociedad se desmembró en núcleos chiquitos, desconfiados entre sí. Y sobre esa sociedad ya fragmentada, aisló y con menos lazos colectivos, se montó después el ajuste: la caída del poder adquisitivo, la clase media que empieza a mirar para abajo y descubre que ya no está arriba, sino adentro de esa mitad pobre.

El docente que hoy para en la calle es ese ejemplo perfecto: profesión históricamente de clase media, hoy con un sueldo que no le alcanza. Y no es solo un problema de bolsillo, es un problema de sociedad viable. Lo dijo, casi sin querer, un sacerdote jesuita, Rodrigo Sarasaga, delante de banqueros y empresarios esta semana: ningún consenso que deje afuera a la mitad de la población va a ser sustentable. Ni socialmente, ni políticamente.

La pregunta que nos queda, acá en La Rioja como en el resto del país, es si vamos a seguir mirando esta fractura como un problema de «los otros» —los pobres, los que no se esforzaron, los que dependen del Estado— o si entendemos que la mitad de la sociedad afuera nos afecta a todos, tarde o temprano. Porque una sociedad que se parte al medio, no se sostiene con individualismo. Se sostiene, si acaso, con la conciencia de que estamos todos en el mismo barco. Y ese barco, hoy, hace agua por todos lados.

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