Un 2 de marzo de 2006, la patrulla de rutina de un agente de la Policía de La Pampa se transformó en uno de los episodios paranormales y de supuesta abducción más documentados y rigurosamente investigados de la historia argentina.
Una patrulla de rutina que terminó en desconcierto
Cerca de las 19:30 horas del 2 de marzo de 2006, el cabo Luis Sergio Pucheta, integrante de la División Abigeato de la Policía de La Pampa (Unidad Regional II), inició su recorrido por los caminos rurales a bordo de su motocicleta Honda 150. Aquella tarde, Pucheta aceptó cubrir también la jurisdicción de su compañero de la Comisaría Segunda de General Pico, el agente Marcelo Villegas, quien se encontraba de franco.
Casi dos horas más tarde, tras recorrer cerca de 80 kilómetros, Pucheta llegó a la zona rural conocida como «El cruce de Las Cañas», en jurisdicción de Dorila, a unos 25 kilómetros al sur de General Pico. En ese lugar observó un resplandor inusual que surgía del monte. Ante la sospecha de que pudiera tratarse de cazadores furtivos o cuatreros, detuvo el vehículo, dejó el casco sobre el espejo retrovisor y avanzó a pie a inspeccionar el terreno.
No halló a nadie. Sin embargo, cuando se disponía a subir nuevamente a la moto, dos intensas luces rojas aparecieron a unos 50 metros. El agente quedó encandilado, paralizado y dominado por una extraña sensación de hormigueo en todo el cuerpo.
La escena del crimen: herramientas desmanteladas y pisadas imposibles
Minutos después de quedar encandilado, Pucheta logró realizar una llamada telefónica urgente a su compañero Marcelo Villegas. Con tono alterado y antes de que la línea se cortara abruptamente, alcanzó a pronunciar una sola frase:
«Veníte para Las Cañas, vos sabés qué pasa.»
Ante la anomalía del llamado, Villegas dio aviso de inmediato a las fuerzas de seguridad. Poco tiempo después, un grupo de efectivos encabezado por el comisario e inspector superior Roberto Ayala se desplegó en el lugar.
La escena que encontraron fue profundamente desconcertante:
- Pertenencias desmanteladas: A la vera del camino estaba la moto estacionada y, dispersos a su alrededor, su celular, su Handy policial y su pistola reglamentaria 9 mm, todos insólitamente desarmados en sus partes constitutivas.
- Sin signos de violencia externa: No existían huellas de otros vehículos ni rastros de que hubiera habido un enfrentamiento o lucha física.
- Huellas de pisadas imposibles: El comisario Ayala detectó sobre la tierra un rastro correspondiente a las botas reglamentarias de Pucheta. Los primeros pasos lucían normales, pero de forma inexplicable la zancada comenzó a distanciarse progresivamente —uno, dos, hasta siete metros de separación entre pisada y pisada— a lo largo de casi 3 kilómetros, como si el agente hubiese sido levantado en el aire por una fuerza invisible.
Hacia las 02:00 de la madrugada del 3 de marzo, una feroz tormenta de lluvia obligó a suspender temporalmente las tareas de rastrillaje.
La reaparición: «Eran chiquitos y tenían los ojos rojos»
Transcurrieron casi 18 horas de incertidumbre y angustia sin noticias del cabo. Finalmente, alrededor de las 16:00 horas del 3 de marzo, la policía recibió el llamado de un productor rural que reportaba haber hallado a un hombre acurrucado en un zanjón dentro de su propiedad, a unos 20 kilómetros del punto de desaparición.
Al acudir al lugar, las autoridades confirmaron que se trataba de Sergio Pucheta. El oficial se encontraba en posición fetal, extremadamente aterrorizado, temblando e incapacitado para articular un discurso fluido. Al intentar asistirlo, el cabo balbuceó algunas frases que conmocionaron a sus colegas:
«Eran chiquitos, de ojos rojos… me daban órdenes, me hacían doler la cabeza y me dijeron que no diga nada.»
Evidencia física y consecuencias médicas
A pesar de las severas precipitaciones que habían caído durante la noche y el barro acumulado en la zona, la vestimenta de Pucheta estaba completamente limpia y seca, como si se hubiera mantenido resguardado en un lugar cerrado o lo hubieran depositado allí desde la altura.
El cuerpo médico del Hospital Centeno de General Pico determinó los siguientes hallazgos:
- Fotofobia extrema: Pucheta presentó un dolor agudo ante la exposición a la luz, cubriéndose el rostro con los antebrazos de manera insistente y pidiendo permanecer en una habitación en penumbras.
- Lesiones cutáneas: Mostraba ampollas tipo quemaduras en las plantas de los pies.
- Estado general: Sorprendentemente, a pesar de las horas transcurridas en el campo, no presentaba signos graves de deshidratación ni secuelas traumáticas físicas visibles, aunque su estado psicológico estaba destruido.
Retiro obligatorio y un caso sin archivo
Las secuelas del episodio impidieron que Sergio Pucheta pudiera reincorporarse con normalidad a las tareas activas de patrullaje. Tras varios meses de licencia médica por estrés postraumático, sus superiores decidieron reubicarlo temporalmente en funciones administrativas. Sin embargo, el agente no logró adaptarse nuevamente a la fuerza militarizada.
En mayo de 2013, mediante la Resolución N.º 383 publicada en el Boletín Oficial de La Pampa, la Provincia le otorgó el retiro obligatorio con jubilación anticipada, argumentando la imposibilidad de retomar el servicio debido al trauma irreversible desencadenado a partir de aquella noche de marzo de 2006.
El «Caso Pucheta» continúa figurando entre los anales de la ufología y los fenómenos paranormales como un expediente excepcional: un policía entrenado, en pleno uso de sus facultades mentales, cuya desorientación y evidencias físicas documentadas por la propia fuerza policial aún permanecen sin una explicación científica convencional.



