jueves, julio 30, 2026
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EDITORIAL | La Argentina que implosiona y el país que sigue andando

Hoy nos toca parar la pelota y reflexionar sobre la Argentina en la que estamos parados. Muchas veces caemos en la tentación de pensar que somos un país absolutamente único, incomprensible e irrepetible. Pero si algo nos dejó las elecciones de Europa y también en América, es que varias de las dinámicas que hoy nos atraviesan son, en realidad, fenómenos globales.

Vivimos en una Argentina donde conviven dos realidades en simultáneo. Por un lado, una macroeconomía que muestra signos de estabilidad o números estadísticos que entusiasman a organismos internacionales como el Fondo Monetario, aunque no a los inversores. Por el otro, la micro, el bolsillo cotidiano de la gente: familias que deben recortar gastos, cambiar a sus hijos de escuela o buscar un segundo empleo para llegar a fin de mes.

¿Por qué esa distancia entre el crecimiento estadístico y el bienestar individual? Porque el mundo entero cambió. Los sectores que hoy crecen y dinamizan las economías ya no son grandes generadores de empleo masivo ni formal. Atravesamos un proceso estructural donde la automatización y los servicios ganan terreno, disparando no el desempleo masivo, sino la precarización laboral.

Ahora bien, en este escenario de cambio de modelo, surge una paradoja puramente argentina: el rol del Estado. Mientras desde el plano nacional se pregona el ajuste y la motosierra, la contención social primaria termina recayendo en las estructuras subnacionales: provincias y municipios que sostienen la salud pública y el tejido social diario. Un pragmatismo no explicitado que demuestra que el Estado, de una u otra forma, sigue operando de amortiguador. Esto explica los reclamos que hacen los trabajadores a la empresas locales de energía de las provincia cuando es el gobierno nacional y sus políticas de quita de subsidios y de devaluación enorme al inicio que quitaron el poder adquisitivo y elevaron por las nubes el precio de los subsidios, o cuando exigimos el boleto gratuito de colectivos o la salud pública y atención en hospitales entre tantos ejemplos.

En el terreno político, asistimos a una época donde las batallas parecen darse en el plano de las narrativas. Discursos polarizados, redes sociales encendidas y agresiones verbales que, afortunadamente, no se traducen en la violencia física de décadas pasadas. Sin embargo, la narrativa sola no alcanza para ganar elecciones; al final del camino, la ciudadanía evalúa cómo se siente, la percepción de su poder adquisitivo y si prefiere este presente o el temor a volver al pasado.

Quizás el dato más revelador y a la vez más dramático de este diagnóstico sea la transformación del conurbano bonaerense y de amplios sectores de la sociedad, como las provincias. Ante la insatisfacción y la falta de respuesta de la política tradicional, la gente no necesariamente sale a la calle a protestar; muchas veces la sociedad implosiona hacia adentro. Se refugia en la economía informal, abandona la participación electoral y se desconecta de la discusión pública.

El gran desafío hacia adelante no es solo ordenar la macroeconomía o ganar una contienda electoral con slogans efectivos. El reto de fondo es evitar que esa desconexión termine dejando a sectores enteros al margen del sistema. Porque una economía puede crecer, pero una nación sólo se consolida cuando el desarrollo genera integración y perspectiva de futuro para todos.

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