lunes, julio 27, 2026
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Editorial | La política exterior del exabrupto

Hay momentos en la historia de un país en los que la política exterior deja de responder a la diplomacia para convertirse en un espectáculo penoso. Lo que vimos este fin de semana con la visita del presidente Javier Milei a Brasil no fue un viaje de Estado ni una gestión en favor de los intereses nacionales; fue, sencillamente, un papelón internacional de niveles insólitos.

Sorprende la liviandad con la que el mandatario argentino decidió cruzar la frontera. No fue a reunirse con el gobierno democrático del principal socio comercial de la Argentina. Fue a un acto partidario de la ultraderecha a respaldar a Flávio Bolsonaro —hijo del expresidente investigado por intento de golpe de Estado— y a desplegar un repertorio de insultos contra Luiz Inácio Lula da Silva y el juez de la Corte Suprema brasileña, Alexandre de Moraes.

Calificar al presidente de la nación vecina como «presidiario», «ladrón» o «basura socialista» no es un acto de valentía ideológica. Es una grosería institucional que degrada la figura presidencial y dinamita puentes históricos. Históricamente, la relación entre Argentina y Brasil estuvo por encima de los signos políticos de turno. Alfonsín y Sarney sentaron las bases del Mercosur; incluso durante momentos de tensiones ideológicas, presidentes de distinto signo mantuvieron la madurez pragmática de entender que el trabajo conjunto protege el empleo, la industria automotriz y el comercio de ambos pueblos.

Milei, en cambio, prefirió actuar como un militante de tribuna, promoviendo en redes y en micrófonos el enfrentamiento con un país que representa el mayor destino de nuestras exportaciones industriales. Pero el espectáculo no terminó ahí. Para justificar el aislamiento o la falta de resultados, el mandatario agitó nuevamente la teoría de una «campaña antiargentina», acusando sin prueba alguna al gobierno de Brasil de haber financiado el 25% de una supuesta operación en su contra. Es la narrativa del enemigo externo para tapar las fisuras internas.

Al mismo tiempo, mientras en el exterior se apela a la agresión, en el plano internacional figuras de peso real —como el propio Lula— mantienen diálogos estratégicos de alto nivel con Estados Unidos o China, defendiendo la producción y el comercio de su país. La diferencia de estatura política y visión de Estado entre un estadista y un dirigente que apela permanentemente al show mediático no podría ser más evidente.

Representar a la Argentina en el mundo requiere equilibrio, respeto por las instituciones e idoneidad humana. Incitar al insulto y dinamitar las relaciones bilaterales por fanatismo de trinchera no solo nos resta credibilidad en el escenario global; nos perjudica a todos los argentinos en el día a día. Algún día miraremos hacia atrás y nos preguntaremos cómo permitimos que la diplomacia de un país entero se convirtiera en un grito de tribuna.

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