martes, julio 21, 2026
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Editorial | El final de un ciclo y el valor del orgullo

Es momento de bajar los decibelios, de procesar la adrenalina acumulada tras semanas de máxima intensidad y de intentar poner en palabras lo que acaba de suceder con nuestra selección. Más allá de los datos informativos, lo que nos queda en el cuerpo son puras emociones. Y la primera gran certeza que nos sacude, casi en sintonía con el dolor de la eliminación, es el preanuncio del final del ciclo de Lionel Scaloni al frente de la selección mayor. Una despedida que arrastra también a figuras clave de su cuerpo técnico como Ayala, Samuel y Aimar. Nos embarga una profunda nostalgia; es el cierre definitivo de una era dorada.

Al analizar lo estrictamente futbolístico, debemos ser honestos: la derrota ante España estuvo lejos de ser un golpe doloroso por la forma en que se dio. La realidad es que el rival fue marcadamente superior de punta a punta. El gran mérito de Argentina consistió, justamente, en aguantar el vendaval, redoblar los esfuerzos y llegar a competir tan cerca de estirar la definición hasta los penales. España mostró una versión implacable, muy similar a la intensidad con la que pasó por encima a Francia en su momento. Si el marcador se mantuvo equilibrado hasta el tiempo suplementario, fue gracias a la soberbia actuación de Emiliano «Dibu» Martínez y a la resistencia épica de un plantel que no se dio por vencido.

Es inevitable que surja el debate de siempre sobre el valor del segundo o tercer puesto. Existe un reclamo popular que insiste en que el segundo lugar no sirve, una lógica con la que es imposible estar de acuerdo. La historia del fútbol contradice esa premisa de manera categórica. ¿Quién puede decir que nadie se acuerda del subcampeonato de Argentina en el Mundial 90, con un Maradona jugando heroicamente en una sola pierna? ¿Quién olvida a la Hungría del 54 o a la Holanda del 74? Son segundos inolvidables, gigantes de este deporte que dejaron una huella imborrable sin necesidad de alzar la copa.

Por eso, desde este micrófono no cabe ningún tipo de reproche. Argentina fue superada conceptualmente, es verdad, pero la mística permaneció intacta hasta el último segundo. La imagen emblemática de Nicolás Tagliafico, jugando gran parte del suplementario visiblemente disminuido físicamente, roto en una pierna pero corriendo y metiendo con el alma, resume a la perfección el sentido de pertenencia entrañable que construyó este grupo.

A pesar de la derrota categórica en lo conceptual, la gente celebra a este seleccionado. Hay un lazo invisible pero indestructible entre el hincha y el equipo. Quienes tenemos el privilegio de trabajar cubriendo un mundial experimentamos sensaciones que van mucho más allá de la labor periodística o del análisis sesudo; sentimos el fútbol con una emocionalidad profunda y nos descubrimos, al final del día, siendo tan hinchas como cualquiera de ustedes. Se cierra una etapa maravillosa, pero la gratitud y el orgullo por este equipo permanecen intactos.

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