El pasado lunes asistimos a una escena que, lamentablemente, nos obliga a mirarnos al espejo como sociedad. Integrantes del colectivo LGBTIQ+ izaron la bandera de la diversidad en un mástil público, un acto de visibilización en el día conmemorativo de su identidad. Sin embargo, la respuesta de un grupo de vecinos fue el repudio inmediato, escudados bajo el argumento de que ese espacio está «reservado exclusivamente» para la enseña nacional.
Dicen que se afectó el respeto a los símbolos patrios. Pero seamos honestos, hablemos sin rodeos: detrás de ese frío argumento legalista o vecinal, se desnuda la verdadera y dolorosa razón de siempre: la discriminación y el rechazo histórico hacia las personas de la diversidad.
Da mucho dolor que hoy, en pleno siglo XXI, se ponga en el centro del debate el izamiento de una bandera que representa a nuestros propios conciudadanos, a nuestros hermanos y hermanas. Calificar esto como una ofensa a la patria es de una miopía alarmante.
¿Saben a qué me hace acordar esto? A mí, personalmente, me genera un déjà vu oscuro. Me recuerda al sobreactuado honor a los símbolos patrios del que hacían gala los militares durante la dictadura. Aquello era pura formalidad y pose; una cáscara vacía. Porque mientras exageraban su devoción ante un mástil, en la realidad torturaban, desaparecían, mataban y deshonraban el verdadero rostro de la bandera: su pueblo. Esos seres humanos de carne y hueso a los que desechaban y aniquilaban como si nada.
Hoy, guardando las distancias históricas, volvemos a ver una lógica similar. Hay quienes se rasgan las vestiduras porque se iza la bandera de la diversidad —un símbolo que busca, justamente, generar conciencia, profesar la fraternidad y garantizar la convivencia de todos y todas, sin descartar a nadie—.
Es una patética hipocresía. Un cinismo que intenta tapar un odio visceral y disimulado con una supuesta «defensa de la tradición».
La verdadera deshonra a la bandera y a la Patria no es un paño multicolor flameando al viento. La verdadera deshonra es la discriminación, la exclusión y el odio.
La Patria y sus símbolos deben ser una experiencia de amor que hermana y fortalece. No pueden convertirse en una caricatura de odio que discrimina, aísla y, en última instancia, mata, por más solemnidades y discursos republicanos con los que se intente maquillar.
La bandera nacional nos incluye a todos. Y si hay un colectivo que ha sido históricamente vulnerado, abrazarlo en su día no es bajar nuestra enseña; es, precisamente, elevar los valores más puros de la nación: la igualdad y la dignidad humana.
Pensémoslo.




