Hoy queremos detenernos en un tema que suena a burocracia, pero que nos toca el futuro más profundo: la llamada «Ley de inviolabilidad de la propiedad privada«. Un título pomposo que, si empezamos a rascar la superficie, lo que realmente esconde es la modificación de la Ley de Tierras que se sancionó en el año 2011.
¿Se acuerdan de esa ley? Tenía objetivos muy claros: poner un freno real a la extranjerización de nuestro suelo, cuidar las zonas de frontera y, por encima de todo, proteger nuestros macizos de agua dulce. Era el escudo para que nadie viniera con una billetera gorda a comprarse la Patagonia entera. Pero las reglas del juego están cambiando.
Muchos se preguntarán: ¿Para qué quieren los grandes magnates tecnológicos del mundo, como Elon Musk o Peter Thiel, miles de hectáreas en el sur de nuestro país? ¿Vienen a poner vacas? ¿Vienen a sembrar? No, señores. El negocio del siglo veintiuno es otro. Vienen a instalar lo que se conoce como el hub de la inteligencia artificial. Quieren construir centros de cómputos monumentales para procesar la tecnología que hoy mueve al mundo.
Y esos centros de datos gigantescos no necesitan mano de obra tradicional. Necesitan dos recursos que a la Argentina le sobran y que hoy cotizan más que el oro: energía y agua. Mucha agua.
Escuche bien esto que parece de ciencia ficción, pero es la realidad pura. Cada vez que usted, desde su teléfono, usa una aplicación de inteligencia artificial para modificar una simple foto, esa orden viaja a un servidor. Ese servidor calienta la máquina a niveles extremos. ¿Y cómo se enfrían esos enormes templos de la tecnología? Con millones de litros de agua dulce y un caudal inmenso de energía.
No es que vengan en barcos a llevarse el agua en botellas, eso sería una zoncera. Vienen a instalarse arriba del recurso. Vienen por el frío de la Patagonia, sí, pero sobre todo por los glaciares y las corrientes de agua que garantizan que sus imperios digitales sigan encendidos mientras el resto del planeta padece la escasez.
La pregunta que nos tenemos que hacer como sociedad, más allá de cualquier bandera política, es muy simple: ¿Algún límite tiene que haber, no? Entregar la soberanía de la tierra y comprometer recursos vitales como el agua a cambio de promesas de modernidad tecnológica es un precio demasiado alto. Si desarmamos las leyes que nos protegen, corremos el riesgo de quedarnos sin el pan y sin la torta; mirando desde afuera cómo usan nuestros recursos naturales para conectar al mundo, mientras nosotros nos quedamos secos.
Soy Gabriel Miranday, y esto es lo que compartimos hoy en nuestro aire.
