Hay momentos en los que una filtración no revela solamente una intimidad. Revela una época. Y quizás eso es lo más inquietante de los audios privados difundidos en las últimas horas entre el presidente Javier Milei y una ex-asesora vinculada al universo libertario. Podemos analizarlo como contenido meramente sexual y sólamente íntimo, sin ni siquiera analizar o dar valor al tono vulgar de las conversaciones. Lo verdaderamente importante es que esos audios parecen condensar, en pocos minutos, la estética política que el mileísmo convirtió en identidad de gobierno.
Porque lo que aparece allí —el lenguaje obsceno, la agresividad, la exageración masculina, la pérdida total de filtros— no es una anomalía. Es una continuidad. Es la misma lógica que domina las redes sociales oficialistas, los streamings libertarios y los intercambios permanentes entre trolls, influencers y dirigentes del oficialismo. Una cultura política donde el insulto dejó de ser un exceso ocasional para transformarse en una forma cotidiana de comunicación.
La política siempre tuvo una dimensión estética. No solamente importan las ideas o los programas económicos. También importa cómo se presenta el poder. Cómo habla. Cómo se comporta. Qué símbolos utiliza. Qué sensibilidad transmite. En la tradición clásica, especialmente en la filosofía griega, existía la idea de que lo bello, lo bueno y lo verdadero estaban profundamente ligados. La belleza no era un simple adorno superficial, sino una manifestación visible de armonía interior.
El mileísmo parece representar exactamente lo contrario: la ruptura deliberada entre estética, ética y verdad. La vulgaridad convertida en autenticidad. El desborde elevado a virtud política.
Y allí aparece una de las grandes paradojas de este gobierno. Mientras su aparato digital intenta construir la imagen de un líder épico, dominante, casi heroico, el propio presidente dinamita constantemente esa narrativa. Las imágenes hechas con inteligencia artificial que lo muestran musculoso, gigantesco o convertido en una especie de guerrero futurista contrastan brutalmente con escenas reales que muchas veces bordean lo grotesco, lo bizarro o directamente lo caricaturesco.
En el ecosistema libertario hay una obsesión permanente con la masculinidad. Con el “macho alfa”. Con la idea de fuerza viril y dominación. Pero esa construcción simbólica termina chocando contra una realidad que muchas veces produce más extrañeza que admiración. Y quizás allí reside una de las claves del fenómeno: en la era digital, lo bizarro también genera poder. Las redes sociales premian aquello que rompe la normalidad, lo que incomoda, sorprende o produce impacto emocional inmediato.
El problema es que esa lógica termina erosionando la propia investidura presidencial. Porque un presidente no representa solamente a una persona. Representa una institución. Y cuando quien ocupa el máximo cargo del Estado naturaliza la obscenidad, el insulto permanente y la degradación del lenguaje, el daño no es únicamente personal. Es institucional.
La Argentina ya vivió otros momentos de deterioro simbólico del poder. La fiesta de Olivos durante la cuarentena destruyó buena parte de la autoridad moral de Alberto Fernández. Pero en este caso el fenómeno es distinto. No se trata de una contradicción moral. Se trata de la celebración abierta de la vulgaridad como identidad política.
Y tal vez ese sea el rasgo más perturbador del mileísmo. No solamente desprecia ciertas formas culturales tradicionales. También desprecia los mecanismos clásicos de construcción de consenso, deliberación y autoridad. Todo debe ser inmediato, brutal, simplificado y viralizable. El insulto reemplaza al argumento. La humillación reemplaza al debate. La provocación reemplaza a la política.
El resultado es una cultura pública degradada, donde la frontera entre espectáculo, gobierno y escándalo desaparece por completo.
Quizás por eso la frase del Indio Solari resuena hoy con tanta fuerza: “el lujo es vulgaridad”. El mileísmo quiso construir una épica antisistema, pero terminó convirtiendo el mal gusto, la agresión y el resentimiento en espectáculo cotidiano. Y en ese choque permanente entre la pretensión heroica y la realidad grotesca aparece, probablemente, el verdadero rostro estético de esta etapa política argentina.


Nota al pie:
La historia de la estética, la belleza y el número \(\phi \) (proporción áurea) es fundamentalmente política: desde sus inicios, los cánones de proporción y armonía se han utilizado como herramientas de poder, legitimación de jerarquías sociales y control sobre el cuerpo, estableciendo un «orden» que dicta qué es correcto y deseable.
Antigüedad: El orden cósmico y el poder
- Grecia Antigua: Para filósofos como Platón, la belleza no era solo visual, sino una expresión de la verdad y la bondad. El escultor Fidias utilizó la proporción áurea (cuyo símbolo \(\phi \) proviene de su nombre) para diseñar el Partenon y sus esculturas. Políticamente, esto unificaba el orden matemático del cosmos con la perfección moral del ciudadano griego, justificando su superioridad cultural.
- Roma: Los cánones griegos fueron adoptados y monumentalizados en Roma. La arquitectura masiva basada en la divina proporción servía como propaganda política para demostrar la grandeza, el poder y la estabilidad del Imperio.
El Renacimiento: Geometría y estatus
Durante el Renacimiento, el redescubrimiento de tratados matemáticos y arquitectónicos convirtió a \(\phi \) en una validación de la supremacía europea.
- Luca Pacioli y Da Vinci: Obras como La Divina Proporción (1509) o el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci no solo buscaban la belleza, sino que elevaban al artista a creador casi divino, respaldado por el poder del clero y las élites que financiaban el arte. El dominio de esta proporción era un símbolo de estatus, inteligencia y control sobre la naturaleza.
La Ilustración y la modernidad
En el siglo XVIII, el filósofo Alexander Baumgarten acuñó el término «estética» para definir la «ciencia del conocimiento sensible».
- Política de la estética (Jacques Rancière): Los juicios sobre la belleza comenzaron a determinar quién tenía la capacidad de percibir lo «civilizado» y lo «bueno». Se utilizó una estética hegemónica para legitimar la expansión colonial y las jerarquías de clase.
- La estetización de la política: En el siglo XX, pensadores como Walter Benjamin advirtieron sobre cómo los regímenes autoritarios usan la belleza, la monumentalidad y los desfiles coreografiados para estetizar la política, anulando el pensamiento crítico de las masas mediante el atractivo visual.
Actualidad: El algoritmo y la democratización del canon
Hoy, la búsqueda de la simetría y la proporción áurea se ha mercantilizado a través de filtros en redes sociales y algoritmos de reconocimiento facial que miden el atractivo humano según la «máscara áurea».
Políticamente, existe un creciente debate sobre la descolonización de la belleza. Los movimientos sociales contemporáneos cuestionan estos estándares históricos, señalando que el canon clásico ha invisibilizado durante siglos la pluralidad de los cuerpos y promovido exclusiones raciales y sociales.
