Un día cálido de enero, iba caminando en busca de leña en mi huerta, tratando de hacer fuego para hacer un asado, cuando de pronto me encontré con la Muerte…
No fue como la imaginaba. No llevaba túnica negra ni guadaña, ni tenía esa calavera perfecta de los cuentos. Era una mujer de piel seca como la tierra en sequía, con un vestido gris que parecía hecho de polvo y viento. Estaba sentada sobre un tronco viejo, bajo la sombra rala de un algarrobo, como si hubiera estado esperándome.
—Tardaste —me dijo, sin mirarme.
El calor del mediodía caía pesado sobre La Rioja, y el aire vibraba sobre la tierra reseca. Desde mi casa, allá a unos metros, llegaba el olor tenue de la carne que ya había dejado preparada, esperando el fuego. El silencio era tan espeso que hasta el zumbido de las chicharras parecía lejano.
—¿A mí? —pregunté, con una mezcla de incredulidad y miedo.
—Claro —respondió, levantando la vista—. ¿A quién más?
Tenía los ojos extraños. No eran oscuros ni claros, sino como un reflejo de algo que no terminaba de existir. Me recorrió un escalofrío, a pesar del calor.
—No estoy listo —atiné a decir.
Ella sonrió apenas, como si hubiera escuchado eso mil veces.
—Nadie lo está. Pero no vine a buscarte… todavía.
Eso me desconcertó más que su presencia.
—¿Entonces?
—A veces camino —dijo—. Me gusta ver cómo viven. Cómo insisten.
Me quedé en silencio. El viento levantó un poco de polvo y lo hizo girar entre nosotros. A lo lejos, un perro ladró. Todo seguía igual, y sin embargo, nada lo estaba.
—Estoy por hacer un asado —le dije, casi por decir algo—. Si quiere… puede quedarse.
No sé por qué dije eso. Tal vez porque en La Rioja uno siempre invita, aunque no conozca al visitante. Tal vez porque en ese momento me pareció más natural compartir un fuego que enfrentar lo que tenía enfrente.
Ella me miró con curiosidad.
—Hace mucho que nadie me invita a nada.
—Bueno… siempre hay una primera vez —respondí.
Caminamos juntos hacia la casa. Cada paso que daba sentía que el mundo se volvía un poco más lento, como si el tiempo se estirara. Al llegar, armé el fuego con la leña que había juntado. Las brasas empezaron a crepitar, y el humo subió en una columna fina hacia el cielo limpio.
Mi hermana, Clara, salió al patio.
—¿Con quién hablás? —preguntó.
La Muerte estaba a mi lado, pero Clara no la miraba. No la veía.
—Con… una amiga —respondí, dudando.
Clara frunció el ceño.
—Estás raro —dijo—. ¿Te sentís bien?
—Sí, sí… todo bien.
Ella se encogió de hombros y volvió adentro.
—No todos pueden verme —explicó la Muerte, sentándose cerca del fuego—. Solo algunos.
—¿Por qué yo?
—Porque estás escuchando.
—¿Escuchando qué?
—Lo que no querés escuchar.
El fuego ya estaba listo. Puse la carne sobre la parrilla. El chisporroteo llenó el aire, y el aroma comenzó a expandirse. Era un ritual conocido, algo que siempre me daba calma. Pero esa vez, cada movimiento tenía un peso distinto.
—¿Vas a llevarte a alguien hoy? —pregunté, sin animarme a mirarla.
Ella no respondió de inmediato. Observó las brasas, como si leyera algo en ellas.
—Sí —dijo finalmente.
—¿A quién?
—A Don Ernesto.
Sentí un golpe en el pecho. Don Ernesto era mi vecino, un hombre de manos grandes y voz tranquila. Me había enseñado a podar los árboles, a leer el clima en el viento, a no apurar la vida.
—Está bien —dijo la Muerte—. Vivió mucho. Más de lo que creía.
—Pero… —empecé.
—No hay “pero”.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. El sol empezaba a inclinarse un poco, y las sombras se alargaban sobre la tierra.
—¿Duele? —pregunté.
—Depende —respondió—. A veces sí. A veces no. A veces es como quedarse dormido después de un día largo.
Pensé en Don Ernesto, sentado en su silla de mimbre, tomando mate al atardecer. Pensé en sus historias, en su risa baja.
—¿Puedo despedirme?
La Muerte negó con la cabeza.
—Ya te despediste muchas veces, sin darte cuenta.
Las palabras me quedaron dando vueltas. Miré la carne, la di vuelta con cuidado. El fuego seguía firme, constante.
—¿Y vos? —le pregunté—. ¿Nunca te cansás?
Ella soltó una risa breve, seca.
—No como ustedes. Yo no descanso, pero tampoco me agoto. Soy… necesaria.
—Eso no la hace más fácil de aceptar.
—No vine a ser aceptada.
Nos quedamos en silencio otra vez. El asado estaba listo. Serví dos platos, sin pensar demasiado. Le alcancé uno.
—No puedo comer —dijo.
—Pero puede acompañar.
Tomó el plato, lo sostuvo entre sus manos, como si intentara recordar cómo era.
Comí despacio. Cada bocado tenía un sabor más intenso que nunca. El cielo empezaba a teñirse de naranja, y una brisa leve alivió el calor del día.
—¿Te vas a quedar? —pregunté.
—No —respondió—. Ya es hora.
Se puso de pie. Por un instante, pareció más alta, más imponente. El aire a su alrededor se volvió frío.
—¿Volveré a verte? —pregunté.
—Sí —dijo, con una calma absoluta—. Pero no como hoy.
Asentí, sin saber qué decir.
—Gracias por el asado —agregó.
—Gracias por… avisar —respondí, aunque no estaba seguro de si eso era algo para agradecer.
La Muerte caminó unos pasos, y luego se detuvo.
—Disfrutá lo que queda del día —dijo, sin darse vuelta—. Es más de lo que muchos tienen.
Y entonces desapareció. No hubo humo ni sombras, solo un vacío repentino, como si nunca hubiera estado ahí.
Me quedé solo, con el plato en la mano y el fuego apagándose lentamente. El canto de las chicharras volvió a llenar el aire. Desde la casa, Clara me llamó para que entrara.
Miré hacia la casa de Don Ernesto. La luz estaba encendida. Todo parecía normal.
Pero ya no lo era.
Esa noche, mientras el calor se aflojaba y el cielo se llenaba de estrellas, entendí algo que nunca antes había sentido con tanta claridad: la vida, en este rincón seco y luminoso del mundo, no es otra cosa que un puñado de momentos que se encienden y se apagan, como las brasas de un asado.
Y que, a veces, incluso la Muerte se sienta a mirarlos arder.
