
Ganadores y perdedores en la Argentina de Javier Milei
Cuando se analiza un gobierno, más allá de consignas y eslóganes, hay una pregunta que siempre ordena el debate: ¿quién gana y quién pierde con las decisiones que se toman? En el caso del gobierno de Javier Milei, esa pregunta se vuelve central al observar dos pilares de su proyecto: la Ley de Presupuesto 2026 y la reforma laboral.
El Presupuesto 2026 no es solo un documento contable. Es una declaración de principios. Allí el gobierno reafirma su obsesión por el equilibrio fiscal, el recorte del gasto público y la idea de que el Estado debe achicarse para que la economía “respire”. En ese marco, el primer ganador es claro: el Estado nacional en términos de cuentas. Un presupuesto austero, con menos subsidios y menos transferencias, ordena números y envía señales de disciplina a los mercados.
También aparecen como ganadores los sectores empresarios y financieros. La combinación de ajuste fiscal y reforma laboral apunta a reducir costos, riesgos legales y rigideces. Para grandes empresas, inversores y fondos de inversión, este escenario promete previsibilidad y reglas más simples. Es el tipo de Argentina que seduce al capital: menos Estado, menos regulación, más libertad de contratación.
La reforma laboral, en ese sentido, funciona como complemento. Menos indemnizaciones, mayor flexibilidad, contratos más adaptables. Para empleadores, esto significa poder contratar sin miedo a juicios futuros. Para trabajadores altamente calificados, con formación y demanda, puede abrir oportunidades de negociación individual y movilidad laboral.
Pero toda moneda tiene dos caras. Y del otro lado aparecen los perdedores de este modelo. El trabajador asalariado tradicional es, probablemente, el más expuesto. En nombre de la flexibilidad, se debilitan protecciones históricas construidas durante décadas. El despido se abarata, la estabilidad se reduce y la negociación colectiva pierde peso. Para quienes viven de un salario y no tienen margen de ahorro, la incertidumbre crece.
Los sindicatos también salen golpeados. La reforma laboral limita su poder, su capacidad de presión y su rol como intermediarios entre capital y trabajo. No es solo una discusión económica, sino también política y cultural: se cuestiona el lugar que el sindicalismo ocupó en la Argentina durante gran parte del siglo XX.
Otro actor que aparece entre los perdedores es el interior del país. El Presupuesto 2026, con menos transferencias nacionales, obliga a provincias y municipios a arreglarse con recursos propios. Para distritos ricos puede ser un desafío manejable; para los más pobres, una carga difícil de sostener. El ajuste, una vez más, se siente con más fuerza lejos del centro.
Y finalmente están los sectores más vulnerables. Menos gasto social, menos subsidios, menos programas de asistencia. El gobierno confía en que el mercado laboral absorberá a quienes hoy dependen del Estado. Pero ese proceso no es inmediato, y en el camino muchos quedan a la intemperie.
La gran apuesta de Milei es que, tras el sacrificio, llegará el crecimiento. Que el ajuste de hoy será la prosperidad de mañana. La pregunta que queda abierta es cuánto tiempo puede sostenerse una sociedad esperando resultados, y quiénes tienen espalda para resistir mientras tanto.
Porque al final, más allá de los números y las teorías, la política económica siempre se mide en vidas concretas. Y en la Argentina del Presupuesto 2026 y la reforma laboral, los ganadores y perdedores no son una abstracción: son personas, sectores y territorios que ya están sintiendo el impacto.
