La espiral del reproche
Quejarse continuamente a la pareja evoca el lamento de un niño al que no le dan lo que quiere. ¿Cómo parar la violencia que se esconde tras esta actitud?
Hay parejas que se instalan en el reproche mutuo. A veces, es uno de sus miembros el que martiriza al otro con un continuo desfile de frases del tipo: «No me haces»·, «¡no me dices», «cómo eres». O con actos recriminatorios: silencios, falta de atención o actuando de manera contraria a la acordada. El que reprocha se coloca en una posición de superioridad, señalando al otro su falta o su incapacidad. Le recrimina nimiedades una y otra vez. Reclama, en definitiva, algo que no le da. Y así se engaña y engaña al otro, porque la posición que adopta en la recriminación solo intenta tapar algo que no soporta de sí mismo.
El reproche proviene de una sexualidad infantil que no ha evolucionado. La primera vinculación que tenemos con la madre, un lazo tan intenso como indiscriminado por parte del hijo, tiene que desaparecer. Si esa inevitable separación no se acepta por el sentimiento de vulnerabilidad que conlleva, se tratará de recrear en las relaciones posteriores una fusión total. Y en un vínculo amoroso de tales características se idealiza al otro.
En la primera etapa del enamoramiento sucede algo parecido. Cuando esa idealización cae, puede suceder que nos quejemos de que la otra persona ya no es como antes, cuando en realidad lo que ha cambiado es la forma en que se le mira. Cuando los reproches se instalan en una relación, puede acabar deteriorándola. Conviene, pues, pararlos y reflexionar sobre lo que está pasando.

