Genera cierta irritación ver funcionarios celebrando una baja de la pobreza mientras millones de personas siguen sin poder cubrir lo básico. El contraste entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana genera una grieta que no es ideológica, sino material: se vive en el bolsillo. Cuando casi uno de cada tres argentinos continúa bajo la línea de pobreza, los festejos suenan prematuros, cuando no directamente provocadores.
El último dato difundido para el segundo semestre de 2025 marcó una pobreza del 28,2%, una caída respecto del 31,6% del semestre anterior y del 38,1% registrado un año antes. En términos estadísticos, la reducción existe. Pero el problema no es si el número bajó unas décimas, sino qué representa ese número y qué ocurre detrás de él. La brecha de pobreza sigue siendo dramática: los hogares pobres tienen ingresos que están, en promedio, un 35% por debajo de lo necesario para cubrir la canasta básica. Es decir, incluso quienes salen de la estadística siguen viviendo al borde.
Más grave aún es el dato de la infancia: la pobreza entre menores de 14 años supera el 41%. No se trata solo de una cifra, sino de un indicador estructural que anticipa desigualdades futuras. Una sociedad con cuatro de cada diez chicos pobres difícilmente pueda sostener discursos triunfalistas sin generar rechazo.
Pero la discusión no termina en la dimensión social. También aparecen interrogantes metodológicos que vuelven más frágil la celebración. La canasta básica que define la línea de pobreza se basa en patrones de consumo de 2004, pese a que existe una actualización de 2018 que incorpora el peso creciente de servicios como internet, telefonía o plataformas digitales. En un contexto donde los servicios fueron los rubros que más aumentaron, usar una estructura vieja tiende a subestimar el costo real de vida. No es un detalle técnico: es la base sobre la que se construye todo el indicador.
A esto se suma otra señal difícil de ignorar: el fuerte crecimiento de ingresos informales declarados en las encuestas. Según los datos, los ingresos “en negro” habrían aumentado muy por encima de los salarios registrados. La pregunta surge sola: ¿quién conoce trabajadores informales que hayan triplicado su ingreso? Si esa mejora no se percibe en la economía real, el número pierde credibilidad.
Las contradicciones se multiplican. La baja de la pobreza convive con aumento del desempleo, crecimiento del pluriempleo, mayor informalidad y caída del consumo masivo. También con una reducción del poder adquisitivo de transferencias sociales y jubilaciones. Resulta difícil explicar cómo hay menos pobres si se compra menos leche, se destruye empleo formal y la actividad económica permanece estancada.
Hay, además, un fenómeno conocido: después de una devaluación brusca, la pobreza sube violentamente y luego baja cuando la inflación se desacelera, aunque los ingresos no mejoren sustancialmente. Es un rebote estadístico más que una recuperación estructural. De hecho, el desagregado trimestral muestra que hacia el final de 2025 la pobreza ya volvía a subir, lo que vuelve engañoso el promedio semestral.
La discusión de fondo no es quién “ganó” la batalla del número, sino cuál será el nuevo piso. La historia reciente muestra que cada crisis deja un escalón más alto de pobreza que el anterior. Antes de la dictadura era de un dígito; después del Rodrigazo superó el 20%; tras 2001 se consolidó por encima del 30%. Hoy la discusión es si ese 30% se convertirá en el nuevo normal.
Celebrar una baja transitoria mientras se consolida un piso alto de exclusión es, en el mejor de los casos, un error de diagnóstico. En el peor, una forma de negar la realidad. Porque la pobreza no se mide solo con una planilla: se mide en changas que no alcanzan, en jubilaciones congeladas, en chicos que comen menos y en trabajadores que necesitan dos o tres empleos para sobrevivir. Y esa realidad, por ahora, no parece estar bajando.
