Hay una pregunta que atraviesa las mesas de café, los despachos oficiales y, sobre todo, las pantallas de los mercados internacionales: ¿El mercado desconfía de Javier Milei? Para responder a este interrogante, es imperativo mirar más allá de la superficie de los números fríos y entender la compleja dinámica que une la economía con las tensiones políticas de la hora actual.
En los últimos meses hemos visto cómo el riesgo país argentino ha escalado posiciones. A contramano de lo que cabría esperar de una administración alineada sin fisuras con los intereses financieros globales, con un superávit fiscal defendido a capa y espada y con el respaldo explícito de organismos multilaterales, el indicador no logra perforar los pisos anhelados y muestra una volatilidad preocupante. ¿Qué es lo que está leyendo el inversor extranjero? ¿Qué es lo que genera ruido en Wall Street o en las páginas de los principales medios económicos del mundo, como The Economist o el Financial Times?
La respuesta, como tantas veces en la historia argentina, tiene un fuerte componente político. Los mercados no operan en el vacío; necesitan previsibilidad, horizontes claros y, fundamentalmente, gobernabilidad sólida. Y es aquí donde empiezan a tallar los factores domésticos. Por un lado, la economía real transita un sendero de estancamiento con tintes recesivos que impacta de lleno en la narrativa oficial y en el humor social. La calle ya no solo discute la desaceleración de la inflación, sino la falta de empleo y la preocupante retracción del consumo, el comercio y la industria.
Por otro lado —y quizás sea el factor más inquietante para el establishment económico—, las turbulencias dentro de la propia coalición gobernante han dejado de ser un secreto a voces. Las rispideces públicas y las diferencias de agenda entre el presidente y figuras clave de su armado político, como Patricia Bullrich, recuerdan a los peores momentos de crisis de alianzas que atravesó nuestra democracia en las últimas décadas. La historia argentina nos enseña que cuando los cimientos políticos de un gobierno comienzan a resquebrajarse, el poder presidencial se debilita de manera automática frente a los ojos de los acreedores externos.
El capital, es sabido, no tiene bandera y es profundamente temeroso ante la incertidumbre. Cuando los fondos de inversión internacionales escuchan los cortocircuitos internos, observan una disputa abierta de cara a los próximos procesos electorales y perciben que la hoja de ruta económica empieza a acumular tensiones sectoriales —como el debate sobre cómo se distribuyen los dólares de Vaca Muerta hacia el conjunto de las economías regionales—, la desconfianza brota de inmediato.
En definitiva, la suba del riesgo país no es solo el reflejo de variables macroeconómicas o de tasas internacionales; es, en esencia, la traducción financiera de la política en ebullición. El Gobierno ha apostado todo a su ortodoxia fiscal, pero la política no se gobierna solo con planillas de Excel. Menos gritos y más trabajo institucional, previsibilidad y acuerdos internos son los reclamos que hoy empiezan a filtrar los analistas globales. Porque cuando la política cruje, la economía tiembla. Y en la Argentina, de eso sabemos demasiado.



