El dato de la semana es contundente en apariencia: el INDEC informó que el IPC de agosto fue de 1,7%, la variación mensual más baja en 14 meses, con una inflación interanual del 33,5%. El Gobierno lo celebra como prueba de que el plan económico funciona. Pero conviene mirar el número con más cuidado, porque detrás de la desaceleración hay una fotografía mucho menos alentadora.
Primero, un dato técnico que no es menor: el índice sigue calculado con ponderadores de hace más de una década, sin la actualización de la Encuesta de Gastos de los Hogares que debía aplicarse desde enero. Si se usara el esquema actualizado —donde pesan más los servicios y el transporte—, agosto también habría dado 1,7%, pero el acumulado del año treparía a 22,1%, casi un punto por encima del 21,3% oficial. Y si esa métrica se hubiera aplicado desde fines de 2023, la diferencia acumulada sería de 12,9 puntos adicionales de inflación. No es un detalle estadístico: define cuánto perdieron realmente los salarios frente a los precios.
Y ahí está el segundo problema, más profundo que la inflación misma: los ingresos. El salario promedio registrado, tanto privado como estatal, está entre un 8% y un 13% por debajo de noviembre de 2023, según qué índice de precios se utilice para medirlo. No es solo un problema de velocidad de los aumentos de precios, sino de un nivel de precios que quedó demasiado alto para el poder de compra de la gente. Eso explica, en gran parte, por qué millones de familias vinieron desarmando ahorros en los últimos meses para llegar a fin de mes, y por qué luego debieron recurrir al endeudamiento.
Ese deterioro no es un fenómeno aislado. El propio entramado productivo lo confirma. Según datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo relevados por CEPA, entre noviembre de 2023 y junio de 2026 cerraron 31.342 empresas en el país —una caída del 6,1% del total— y se perdieron 434.126 puestos de trabajo registrados, un 4,4% menos que al inicio de la gestión. Solo en junio desaparecieron 709 empresas y se esfumaron 22.513 empleos formales. La actividad no repunta al ritmo que promete el discurso oficial, y la caída del consumo sigue siendo, paradójicamente, uno de los principales mecanismos que contiene los precios.
Mientras tanto, en sectores clave la competencia se reduce en lugar de ampliarse. Esta semana la Comisión de Defensa de la Competencia avaló que Telecom absorbiera a Telefónica, consolidando cerca del 70% del mercado de telefonía celular en manos del Grupo Clarín, con una maniobra que le permite transferir clientes a una empresa vinculada para eludir parcialmente las exigencias antimonopólicas. Es un ejemplo claro de cómo, en mercados concentrados, los precios suben más allá de cualquier plan de estabilización.
La conclusión es incómoda pero necesaria: un número de inflación más bajo no equivale, por sí solo, a una recuperación. Mientras los salarios no acompañen, las empresas sigan cerrando y los mercados se concentren en menos manos, la desaceleración de precios será una buena noticia a medias, montada sobre una economía que todavía no logra ponerse de pie.



