lunes, julio 6, 2026
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EDITORIAL: El relato gastado y la batalla cultura que se pierde

Durante meses se nos intentó convencer de que el mayor triunfo de la gestión de Javier Milei no radicaba en las planillas de Excel, sino en el territorio invisible del sentido común. La famosa «batalla cultural» se erigió como el motor definitivo de un proyecto político que pretendía, en palabras oficiales, recablear la mente de los argentinos. Sin embargo, a más de 900 días de comenzado este trayecto, la realidad —terca y analógica— empieza a devolver una imagen muy distinta. El leon ha descubierto que nunca fue el dueño de la jungla, sino un tripulante circunstancial de una momento global.

Recientes datos de consultoras como Alasco, 3.0 y Management & Fit revelan un quiebre significativo: casi la totalidad de los postulados culturales y libertarios han perdido apoyo popular desde el inicio del mandato. Hoy, apenas un 3% de la población considera que el Gobierno debería priorizar la agenda de la batalla cultural. Por el contrario, un abrumador 62% exige respuestas urgentes en materia económica. La gente no come relatos; demanda salarios dignos, rechaza el fin de la obra pública y defiende, mayoritariamente, la gratuidad de la universidad pública.

Lo paradójico es que el principal dinamitador de esta épica ideológica no ha sido la oposición tradicional, ni las universidades, ni el periodismo crítico. El daño provino desde adentro. Cada contradicción moral, cada escándalo en la gestión y las recientes salidas de figuras clave de las primeras líneas del poder han ido horadando el capital simbólico del oficialismo. Como en la célebre novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, la estética pública del líder puede intentar lucir impoluta, pero en el cuarto cerrado de la gestión diaria, el relato envejece y acumula las marcas de la degradación y la inconsistencia.

Esta pérdida de iniciativa y la caída en la aprobación presidencial —que encuestas sitúan ya en un techo de desaprobación cercano al 58% o 60%— han obligado a Milei a archivar su purismo antisistema. El pragmatismo político se impone por necesidad de supervivencia. Hoy el Ejecutivo busca con desesperación blindar de forma anticipada la reelección de 2027 a través de acuerdos con gobernadores, la disolución de ministerios históricos para fusionarlos en superestructuras políticas y la búsqueda de alianzas más amplias con el PRO. Se gobierna para dar certezas al mercado, pero se transita un camino plagado de debilidad territorial.

Sin embargo, el fracaso de la batalla cultural libertaria no se traduce automáticamente en una victoria para sus adversarios. Existe un dato transversal que sostiene los restos de la estructura oficialista: una porción mayoritaria de la sociedad civil sigue manifestando un profundo rechazo a regresar al pasado kirchnerista. Ese descontento con el ayer sigue siendo el principal escudo de Milei hoy.

La pelota está ahora en la cancha de la oposición. Deberá demostrar si es capaz de articular una alternativa real y creíble, alejada de los personalismos y las internas destructivas. De lo contrario, el desgaste de este gobierno no será el anuncio de un nuevo ciclo, sino simplemente otra oportunidad perdida en el eterno laberinto argentino.

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