El peronismo riojano transita una etapa que no admite ambigüedades: ordenar su interna o pagar el costo político de la dispersión. De cara a 2027, la discusión ya no es solo quién será el candidato a gobernador, sino bajo qué reglas se construirá esa legitimidad. Y allí emerge una tensión clásica del justicialismo: la búsqueda de unidad frente a la necesidad de competencia interna real.
Las recientes definiciones del senador Fernando Rejal reponen un debate que el PJ conoce bien. La propuesta de internas abiertas, con participación amplia de afiliados e incluso independientes, apunta a dotar de transparencia y volumen político a la selección de candidaturas. No es un planteo menor: en sistemas partidarios tensionados, los mecanismos de selección suelen anticipar el resultado electoral. Rejal apela a un antecedente concreto —las internas de 2015— como prueba de que la competencia ordenada no debilita, sino que fortalece.
Sin embargo, esa mirada convive con otra lógica, más pragmática, que expresa la diputada Gabriela Pedrali. Su cautela frente a múltiples convocatorias electorales y su mención a herramientas como la ley de lemas revela una preocupación operativa: evitar el desgaste político y financiero en un contexto social delicado. En términos de ingeniería electoral, el dilema es claro: ¿priorizar participación directa o eficiencia en la agregación de votos?
El telón de fondo es determinante. La gestión del presidente Javier Milei funciona como eje ordenador del discurso peronista. Tanto Rejal como Pedrali construyen su narrativa en oposición a un modelo económico que —según coinciden— deteriora empleo, ingresos y tejido productivo. En La Rioja, ese impacto se vuelve tangible en las economías regionales: olivicultura, vitivinicultura, industria textil. Este contexto no solo define el posicionamiento ideológico, sino que también condiciona la estrategia electoral. Un peronismo fragmentado difícilmente capitalice el malestar social.
En paralelo, la figura del gobernador Ricardo Quintela aparece como articulador central. Sin confirmar aspiraciones personales, su rol en la reorganización del peronismo —tanto provincial como nacional— lo ubica en el centro del tablero. En términos de liderazgo, Quintela encarna una transición: de conductor territorial a potencial ordenador de un esquema más amplio. La incógnita es si ese liderazgo se traducirá en una candidatura o en la construcción de consensos que habiliten una competencia interna regulada.
El desafío, entonces, es doble. Primero, institucional: definir reglas claras, previsibles y aceptadas por todos los sectores. Segundo, político: garantizar que el proceso no fracture al espacio. La experiencia comparada dentro del peronismo muestra que las internas abiertas pueden ser virtuosas si existe un acuerdo previo sobre su resultado; de lo contrario, se convierten en un factor de ruptura.
En La Rioja, donde el PJ mantiene una centralidad histórica, la decisión sobre el método de selección será, en los hechos, una definición estratégica sobre su futuro. Internas abiertas, ley de lemas o consenso de cúpula no son solo herramientas: son modelos de construcción de poder. Y en ese punto, el peronismo riojano enfrenta una verdad incómoda pero ineludible: la unidad no se declama, se organiza.

