Escucho un mensaje inspirador y desafiante. Esto es Tiempo de Dios con el Dr. Rubén del Moral.
Durante los duros años de la depresión en un pequeño pueblo de Estados Unidos, solía parar en el almacén el señor Miller para comprar productos frescos de granja. En aquellos tiempos la comida y el dinero escaseaban, y el trueque era frecuente.
Un día vi a un niño pequeño, con la ropa gastada y sucia, que miraba atentamente un cajón de manzanas rojas. Mientras yo mismo admiraba las hermosas manzanas, no pude evitar escuchar la conversación entre el pequeño y el señor Miller.
—Hola, Ben, ¿cómo estás? ¿Quieres algo?
—Hola, señor Miller. Estoy bien, gracias. Solo admiraba las manzanas.
—Se ven muy bien.
—Sí, son muy buenas.
—¿Cómo está tu mamá?
—Bien, señor.
—¿Hay algo en que te pueda ayudar?
—No, señor, solo admiraba las manzanas.
—¿Te gustaría llevarte algunas a tu casa?
—Claro que sí.
—Bueno, ¿qué tienes para cambiar por ellas?
—Lo único que tengo es esto, mi canica más valiosa.
—¿De verdad? ¿Me la dejas ver?
Ben le mostró su tesoro, pero el señor Miller no pareció muy convencido.
—El único problema que tengo es que esta es azul y a mí me gustan las rojas. ¿Tienes alguna como esta pero roja en tu casa?
—No exactamente, pero tengo algo parecido.
—Hagamos una cosa —dijo el señor Miller—, llévate esta bolsa de manzanas a casa y la próxima vez que vuelvas, muéstrame la canica roja que tienes.
—Muchas gracias, señor Miller —respondió el niño, y salió corriendo con su bolsa de manzanas rojas.
La señora Miller se acercó a atenderme y con una sonrisa me dijo que había dos niños más como él en la comunidad, todos en una situación extrema de pobreza. A Jim le encantaba hacer trueques con ellos por papas, manzanas, tomates o lo que fuera. Cuando regresaban con las canicas rojas, él decidía que en realidad no le gustaba mucho el rojo y los enviaba a casa con otra bolsa de comida y la promesa de traer una canica de color naranja, verde o azul la próxima vez.
Me fui del negocio sonriendo e impresionado con aquel hombre.
Con el paso del tiempo, el señor Miller falleció. Una noche asistí al velatorio. Mientras saludaba a los familiares y daba el pésame, vi a tres jóvenes muy bien vestidos que se acercaron a la señora Miller y luego, respetuosamente, se despidieron del señor Miller.
Cuando ella me vio, se acercó, me tomó de la mano y me condujo al ataúd, diciéndome:
—Esos tres jóvenes que se acaban de ir son los chicos de los que te hablé. Me dijeron que vinieron a pagar su deuda.
Luego levantó la mano de su esposo fallecido. Allí estaban tres canicas rojas, exquisitamente brillantes.
El amor del señor Miller quedó grabado en el corazón de aquellos tres chicos de tal manera que jamás olvidaron su actitud y generosidad.
Recuerda que lo que das, la vida siempre te lo devuelve de una u otra manera, y que no seremos recordados por nuestras palabras, por cuanto hablamos del amor, de la caridad o de la ayuda mutua, sino por nuestras acciones, que pesan mucho más que nuestras palabras.
Que Dios en este día pueda bendecirte a ti y a toda tu descendencia.
Esto fue Tiempo de Dios con el Dr. Rubén del Moral. Para más información, visite nuestra página web tiempodedios.org o encuéntrenos en las redes sociales como Rubén del Moral.
Esperamos haber sido de bendición para usted y su familia. Esto fue Tiempo de Dios. Hasta nuestro próximo encuentro.
